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Parece inexplicable que en época de invierno es cuando aparecen o se reviven acontecimientos que en su momento han sido difíciles de enfrentar, toda clase de pérdidas físicas y/o emocionales conllevan un grado de tristeza y con ellos nos encontramos inmersos en un proceso de duelo, es decir, un tiempo en el que se experimenta una transición de diferentes etapas: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. En la negación nos encontramos viviendo una sensación de incredulidad de que aquello doloroso no está sucediendo, toma tiempo para caer en la realidad y entonces se manifiesta la ira, el enojo porque no estábamos preparados o porque consideramos que nos han abandonado; en la negociación tratamos de enfrentar la pérdida haciendo promesas a cambio de que la transición sea menos dolorosa, pasando el tiempo nos damos cuenta que esa realidad es parte de nuestras vidas y tenemos que vivir con ello ocasionándonos diferentes síntomas depresivos, se camina entonces hacía la aceptación o resignación de la pérdida; logramos poco a poco hacer ajustes en nuestra vida, retomamos el interés y el gusto por aquellas cosas que antes disfrutábamos, regresamos a un estado de quietud.


El invierno es una temporada de frío, las defensas del cuerpo se vuelven vulnerables y con ello las emociones también, consumimos más azucares y más alcohol (las fiestas decembrinas lo justifican), el estilo de vida es más acelerado porque culturalmente es un tiempo de convivencia social, misma situación es propiciadora de accidentes y enfermedades diversas que atentan con nuestra vida o la de las personas que queremos. Las fiestas decembrinas por lo tanto poseen placer y displacer, placer porque convivimos con familia, pareja y amigos, tiempo de reencuentros y mucha afectividad, y displacer porque a rededor de todo esto aparecen recuerdos, añoranzas, nostalgia y un sinfín de entretenimientos que si se abusa conducen a la muerte.

¿Qué podemos hacer para generar un estado de equilibrio? Empecemos por lo fundamental, alimentarnos sana y adecuadamente, probar de todos los alimentos sin caer en el exceso; no dejar de hacer ejercicio para fortalecer nuestro sistema inmune; realizar actividades diversas con el cuidado de que sean nutrientes emocionales para nuestro bienestar y por último, compartir con quienes queramos nuestro sentir o lo que nos aflige. Si la depresión se apodera de nosotros, es recomendable escribir sobre ello y romper o quemar los textos o bien, acudir con un terapeuta que en un proceso nos acompañe a enfrentar los acontecimientos que bloquean nuestra capacidad de disfrutar la vida. También es sumamente importante tener un autoconocimiento amplio sobre cómo somos, la manera en que reaccionamos ante situaciones inesperadas o de qué manera enfrentamos hechos que son generadores de estrés, ya que de esta manera podemos estar más preparados para cualquier situación de lo que no tengamos control. El apoyo social resulta también fundamental para tiempos difíciles, ya que ante eventos inesperados el recibir atención y cariño de la gente que a quienes les interesamos hace más llevadero cualquier dificultad, la escucha y el apoyo de los demás no le sobra a nadie, es por eso que buscar relacionarnos con personas que le sumen a nuestra vida resulta de lo más reconfortante y la convivencia siempre será placentera.

Psic. Myriam Maritza Montes Méndez